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Con una presencia en el
patrón alimentario argentino desde hace más de
cien años, sus orígenes abrigan una polémica
entre quienes prefieren la leyenda que difundiera Emmy de Molina
y quienes lo consideran como una derivación del "manjar
blanco" chileno o peruano, llegado desde esos puntos a Córdoba,
Mendoza y posteriormente a Buenos Aires. Ernesto Aráoz
da una pista sobre esos intercambios posibles en la escala salteña:
"En el ambigú abundaban siempre las mejores masas
caseras: las empanadillas, los masapanes y también la
famosa "pasta real" hecha con bizcochuelo, almendras
y dulce de cayote, postre famoso de los virreyes de Lima del
que habla Ricardo Palma en sus "Tradiciones peruanas",
transplantado a la repostería salteña por el incesante
intercambio mercantil y social mantenido en la época de
la Colonia entre nuestra ciudad y la opulenta capital del Virreynato
del Perú." Por otra parte, hay que anotar el extraordinario
consumo de dulces en Buenos Aires en las primeras décadas
del siglo XIX: picarones con almíbar, tabletas de Mendoza,
alfeñiques, alfajores y confites de Córdoba, tortitas
de Morón, pasteles de dulce de leche y de membrillo, rosquetes,
caramelos y buñuelos salpicados con miel, todo elaborado
en los conventos Los postres, alfajores varios, ambrosía,
huevos quimbos, pastelitos, rosquillas, arroz con leche, y un
primitivo dulce de leche, generalmente nacidos en conventos (las
monjas fueron las más preciadas reposteras de la colonia:
las catalinas eran conocidas por sus empanadas, tortas y dulces)
y en las cocinas hogareñas o adquirido a los vendedores
ambulantes o más adelante en las confiterías, propiedad
de italianos o franceses.
Dice Carlos Martelli en
su "Libro de la Cocina Criolla": "Si hay un postre
auténticamente argentino es el dulce de leche : El manjar
blanco todavía se sigue elaborando en la zona del noroeste,
donde la influencia peruana se deja sentir. Pero el color, la
materia, el aroma, el dulzor de ambos postres es absolutamente
distinto".
En la cocina española
de hace 500 años (como aparece en el "Libro de los
guisados" de Ruperto de Nola), el manjar blanco era un guiso
que se hacía, entre otras cosas, con aves que se cocían
y deshilachaban, produciendo un resultado muy semejante al que
tiene el peruano "ají de gallina", que es su
descendiente actual más directo. El manjar chileno, en
cambio, se asemeja a un almíbar de leche, espeso y claro,
que se obtiene mediante la evaporación del agua de la
leche, permitiendo que el azúcar y los sólidos
lácteos se combinen del modo más correcto posible.
Aquel manjar se transformó
en una golosina, hecha con leche, azúcar y harina de arroz.
Y así pasó a América. El ya nombrado Martelli,
en el mismo libro, da la receta del actual manjar blanco: leche,
vainilla, una pizca de sal, azúcar y fécula de
maíz que suplanta a la harina de arroz.
Emmy de Molina, conocida
gastrónoma, se dedicó a investigar el origen de
los alimentos que consumimos en nuestro país y puso especial
atención en el dulce de leche, al que definió como
"único alimento auténticamente nacional".
Según la autora, la tradición oral cuenta que el
24 de junio de 1829, en la estancia "La Caledonia"
se firmó el "Pacto de Cañuelas" entre
Juan Manuel de Rosas -jefe de las fuerzas federales- y el comandante
del ejército unitario Juan Lavalle. Supuestamente una
criada estaba a cargo de la lechada (leche caliente azucarada)
con que tomaba sus mates Rosas. Al llegar Lavalle, cansado por
el viaje se acostó en el catre en que usualmente descansaba
don Juan Manuel. La criada, que fue a llevarle un mate al Restaurador,
encontró ocupado el lugar por el jefe enemigo y dio orden
a la guardia. Mientras tanto, la lechada hervía en la
olla y su contenido se transformó en la mezcla que hoy
todos conocemos como "dulce de leche".
Ante la imposibilidad
de acreditar o quitar veracidad a esta historia, nos atrevemos
a destacar que este legendario producto vino de la mano del prestigioso
desarrollo que tuvo en nuestro país la industria lechera.
Hay que decir que durante las primeras décadas del siglo
XIX los tambos se manejaban a escala familiar y la producción
era escasa. Las vacas producían solamente de 2 a 3 litros
de leche por día. Inicialmente la leche era distribuida
en las ciudades por los lecheros de a caballo o por los "tambos
ambulantes" arriados por lecheros que ordeñaban en
el frente de las casas, para demostrar la presunta pureza de
la leche. En la década de 1870 se comienza a utilizar
el carro lechero pero entrado el siglo XX se sancionan algunas
ordenanzas que prohíben estas formas precarias de distribución.
A partir de la década
de 1890, y de la mano de los avances científicos y tecnológicos
que posibilitaron la adopción de medidas de higiene, se
abren nuevas perspectivas en el tratamiento y conservación
de alimentos.
Con el nuevo siglo surgen
las lecherías, con sus mesadas de mármol y paredes
revestidas con azulejos blancos, donde se podía comprar
leche enfriada en grandes barriles de hielo. La nueva industria
influyó en los gustos de la gente. En el siglo anterior
la leche no se consumía salvo en las formulaciones de
la mazamorra o el dulce de leche, mientras que la manteca era
escasa y de baja calidad. Con las lecherías se la incorpora
definitivamente a la alimentación cotidiana.
Siguiendo el testimonio
dejado por el Sr.Haralt Morstetun, pionero del siglo XIX, el
desarrollo de la industria lechera puede ser dividido en cinco
períodos:
" Primero:
de 1886 a 1890. Comprende la época inicial en que comienza
a despertar el interés por la industria y el trabajo de
los tambos.
" Segundo:
de 1890 a 1895: Los trabajos preliminares para la industrialización
de la producción de leche, es decir la instalación
de pequeñas fábricas a vapor con aplicación
de desnatadoras de leche y la sustitución de la manteca
de los lecheros, a la cual hasta entonces estaba habituado el
público consumidor argentino, por la de fábricas.
" Tercero:
de 1895 a 1900: El nacimiento de la verdadera industria lechera
con la exportación de manteca; la concentración
de la producción en frigoríficos centrales con
maquinaria frigorífica.
" Cuarto: de
1900 a 1903: Los comienzos del sistema cooperativo.
" Quinto: de
1903 a 1939: La intervención directa y en mayor escala
del capital extranjero.
Caseína: inicio
de la elaboración de este producto en el país.
En la Estancia San Martín,
propiedad de Vicente Casares, se constituyó el establecimiento
La Martona, precursor de la industria lechera en nuestro país.
El periodista francés Jules Hert, quien lo visitara en
1911, escribía: "Debo subrayar el hecho de que el
establecimiento La Martona sobrepasa en el tratamiento higiénico
de la leche a todos los de las capitales europeas excepto Copenhague.
La gran lechería de Balle que distribuye en Berlín
la mayor parte de la leche de consumo no llega a tal grado de
perfeccionismo después de la del Sr. Casares".
Historia y Leyenda convirtieron
a Cañuelas en zona pionera en lo que a la industrialización
de la leche se refiere. Desde 1890 La Martona utilizó
papel sulfurizado para envasar la manteca. En 1941 (antes que
en Estados Unidos) se implementaron los camiones térmicos
para recolectar la leche de los tambos. En 1960 se instala una
empaquetadora de manteca de alta velocidad y en 1961 se introduce
el envase de cartón para la leche.
En 1902, luego de varias
experiencias, se inició la fabricación industrial
del dulce de leche a partir de recetas caseras de la época
de la colonia. |